viernes, 4 de abril de 2014

Monasterio del Cristo Orante. Argentina


América es fuente de esperanzadoras noticias para la Iglesia y para el monacato cristiano. Mientras que la fe y las vocaciones languidecen en la vieja a Europa, surgen allí nuevos movimientos y comunidades, que buscan servir al Señor y seguir viviendo la alegría de la plena consagración a su Reino. Uno de ellos lo he encontrado en Argentina: el Monasterio del Cristo Orante, situado en Tupungato, en el centro de Argentina, cerca ya de los Andes.


Esta es la descripción que sus monjes dan de su género de vida:


En el monasterio se busca llevar una vida simple, hogareña, de oración y trabajo como la de Jesús de Nazaret en su vida oculta.


Los monjes acuden a la Capilla para el rezo del Oficio Divino y celebración de la Santa Misa. Realizan en silencio labores agrarias y trabajan en talleres donde elaboran imagenes religiosas, velas, dulces y otros productos artesanales.


En conjunción con la vida contemplativa, los monjes realizan un moderado apostolado que consiste en recibir diariamente visitantes, rezar con ellos por sus intenciones y escuchar confesiones. Brindan hospedaje a sacerdotes, religiosos y laicos que pemanecen por unos días en retiro de oración y meditación compartiendo con los monjes algunas de las liturgias del día.


También se celebra Misa dominical a las 11hs en el templo del Monasterio, con particular asistencia en las festividades del calendario. Periódicamente, los monjes organizan retiros espirituales -en especial de la Lectio Divina-, charlas sobre la oración y Talleres de Iconografía. Una vez al año bajan para predicar en la ciudad de Mendoza.


He leído una plegaria a Cristo Orante. Creo que es muy hermosa, y que merece la pena leerla y meditarla. Que el Señor os bendiga, hermanos.

Señor Jesús, Orante y Maestro,
henos aquí: somos tu Pueblo, tu rebaño,
los herederos de tu plegaria.
Nuestros ojos, nuestro pensamiento, nuestro corazón
están vueltos enteramente hacia Ti:
queremos verte orar,
para imitar, con amorosa atención,
tus gestos, tus modos, tus lugares y tus tiempos;
tus palabras, tus silencios: ¡tu Oración, Señor!
Sabemos que sólo en Ti está la Fuente viva de la Plegaria.
¿A quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de Oración viva.
¡Enséñanos a orar! A hacer de la oración experiencia de Amor.

Tus brazos en alto son el Camino de nuestra súplica.
Tú Corazón, el Árbol frondoso donde anidan nuestros rezos;
Tú eres la Vid donde injertamos
el tembloroso Abbá que gime el Espíritu.
Tus ojos fijos en el Padre que nada te niega
y tus manos abiertas en confiada súplica de Niño,
son, Jesús, la Escuela de nuestra oración de hijos.

Entre el atrio de nuestras inquietudes más externas,
y el altar de nuestro herido corazón:
llora Tú, Sacerdote Eterno, dentro de nosotros presente,
por los que vivimos lejos del Amor del Padre.

Señor, enséñanos a orar; pero más aún:
enséñanos a dejarte orar a Ti en nosotros.
Que tu plegaria fluya por nuestro cauce interior
y transforme el estéril arenal de nuestra seca oración
en el regado paraíso del trato de amistad.

Tú, Amigo y Señor, Hermano y Dios,
Maestro y Modelo,
siempre vivo para interceder,
que vives y reinas y oras,
por los siglos de los siglos.
Amén

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